
Historia
Empecé cortando
por 3 euros.
En la habitación de mi hermano, con la silla de la cocina y sin espejo. Te lo cuento yo.

Dejé los estudios sin un plan.
En mi familia no había barberos. No conocía a ninguno. No tenía nada que ver con el oficio, ni lo buscaba.
“No me gustaba estudiar, discutía mucho con mis padres, no sabía qué hacer con mi vida.”
Adán

Mi madre me apuntó. Yo me escapaba.
Un curso básico en Extremadura, maniquíes de plástico y una máquina que había por casa. No sabía ni coger la tijera.
“Los primeros días yo me escapaba del curso, mi madre me pillaba, me volvía a llevar.”
Adán

La silla de la cocina, sin espejo.
Cortaba en el cuarto de mi hermano cuando no estaba. Mis amigos se reían de mí por haber dejado el instituto para esto. Yo también me reía.
“Cogía la silla de la cocina, la ponía en la habitación de mi hermano y sin espejo ni nada empezaba a cortarle el pelo. Y como quedase, quedó.”
Adán

Tres euros.
Cortaba gratis a todo el que subiera, hasta que a un amigo se le ocurrió pagarme. Con eso me compré un peine mejor y una navaja que no se deshiciera.
“Pasar de cero a algo era importante.”
Adán

El ascensor no paraba.
Cada media hora subía alguien a un tercero. Mi padre acabó discutiendo con la comunidad y pagando de más la luz. Y después me colgó un espejo con unos clavos, para que la gente por fin pudiera verse.

Me fui para no quedarme cómodo.
Con los cuatro ahorros que tenía y la ayuda de mis padres. Viví mal, con 18 años, en una casa donde me trataban peor. Aguanté los tres años que hizo falta.
“Sabía que todo ese esfuerzo iba a acabar en algo bueno.”
Adán

Una barbería, no una cadena.
De la barbería del centro donde aprendí a llevar un negocio salí con una idea clara: la experiencia empieza antes de que el cliente cruce la puerta.
“El cliente viene y vive la experiencia desde casi antes de entrar por la puerta hasta que se va.”
Adán